Eva Duarte, abril 27 2014
Brindar Cuidados Paliativos es trabajar con
la esencia misma de las personas, entrar por invitación a una parcela
privada, donde no muchas personas pueden penetrar, visualizamos a
distancia el panorama, identificamos en qué nivel de caos puede encontrarse un
ser humano o una familia que comparte esta parte de su historia con
nosotros, entramos, ordenamos la casa y abrimos las ventanas para que
entre la luz y alumbre los rincones del alma.
El trabajo de un
Paliativista se resume en la capacidad de resolver situaciones
críticas, de visualizar las fortalezas y ayudar a que salga a flote
la experiencia y el conocimiento que se hospeda en el interior de la persona,
facilitar a que aflore su modesta y sigilosa sabiduría, que su
consejera en la clausura de su vida.
Paliar y aliviar el sufrimiento
exige entender que somos
personas, no individuos y que cada persona
diseña e inventa su vida según sus expectativas y deseos, según su
forma única de ver al futuro. La vida es personal e intransferible,
con su cara y con su espalda, cada quien puede inventársela de nuevo
cuando necesite y cambiar su proyecto de acuerdo a los previstos e imprevistos
siendo realista; es decir con los pies en la tierra y la mirada puesta en el
horizonte, hacia donde se dirige. Nosotros estamos allí en el proceso
de re-diseño… muchas veces de vidas interrumpidas por una enfermedad que trae
consigo dolor y sufrimiento. Al reenfocar la esperanza y
encontrar el sentido y la trascendencia, estas vidas pueden ser una
obra maestra, propia de cada persona que representará el legado de sus
esfuerzos y de su amor por la vida.
Estamos comprometidos con aprender
constantemente y con mantener abierta la mente y el
alma. Sencillamente es vital que para entrar en la
vida de otros podamos reconocer que, tal como nuestros pacientes, también
nosotros peregrinamos en la vida vestidos con la esperanza que puede
empaparnos el alma y mantenerla fresca, inalterable y
lista para cuando nos enfrentemos con el azar, el dolor, la fortuna, y la
suerte. No escogemos la lluvia que nos va a mojar hasta los huesos,
pero aprendemos a cubrirnos, a protegernos y agregamos formas nuevas
de enfrentarnos a los baches del camino. Debemos
estar conscientes de que todo lo aprendido va tejiendo nuestra
historia, el activo y el pasivo de nuestras vivencias en el inventario de
nuestra temporalidad. Es un aprendizaje de dos vías, somos médicos, estamos
siempre aprendiendo, conectados en tercera dimensión, despiertos
a escuchar su historia y a intercambiar esperanza y sabiduría con
personas valiosas y únicas a quienes acompañamos.
Trabajamos con la capacidad de mantener la
esperanza, aliviamos el dolor y los síntomas físicos lo cual hemos de hacer con
excelencia ya que este es requisito indispensable para
centrarse en la parte más importante de nuestro trabajo, alumbrar el sendero
del pasado o del futuro para encontrar los sabores de la vida; el conocimiento
vivido que está dentro de cada persona. A veces por un
poco de tiempo debemos sostenerlas, ante las experiencias que les sobrepasan
y apenas logran sobrevivir. El aprendizaje viene después, cuando el dolor se va
y no se sienten solos, es un privilegio acompañar a una persona a
reconocer sus propias leyes, su propio universo interior, su realidad, sus
conexiones y su sentido; y a vivir su vida en primera persona.
Con frecuencia se asocian los Cuidados
Paliativos con la muerte, pero no hay nada mas lejano;
trabajamos con la vida, entendiendo que somos historia en el momento
de nacer. Como facilitadores, somos testigos de que en situaciones
que comprometen la vida, el ser humano revisa sus activos
y reconoce que ha vivido, descubre el almacén de sus
riquezas. Sus experiencias organizadas en capas unas mas fuertes que
otras, unas más coloridas, otras tenues y grises, le han dejado un catálogo de
diferentes sabores a su existencia y un arsenal de herramientas para resolver
situaciones difíciles que le permitieron vivir.
Les acompañamos hasta el final, y estamos con
la familia cuando el paciente ha partido. Presenciamos que la vida auténtica no
es una vida perfecta como una hoja sin tachones, sino una colección
de heridas, luchas y sin sabores y a veces de relaciones rotas que nacieron
heridas y nunca pudieron madurar. Nos quedamos a ver a
la verdadera persona, coherente y sin dobleces, deseosa de sacar lo
mejor de si misma que nos deja ver bondadosamente la trayectoria
recorrida, los cambios y modificaciones que muchas veces requirieron de valor y
gallardía y nos muestran el retrato de
una historia digna de ser conocida, una lección abierta forjada con fuego
que al final siempre es una suma.
A la complejidad del cuidado del paciente y
la familia, se agregan los retos de trabajar en equipo, los resultados serán
buenos en la medida en que asumamos la responsabilidad y el liderazgo con
humildad pero con decisión, promoviendo el desarrollo personal de cada persona
del equipo, tomando medidas preventivas para evitar el burn-out y en todo
momento tener abierto el radar para intervenir situaciones conflictivas,
limpiando la mesa constantemente para no acumular pendientes.
Ayudamos a nuestros pacientes y a sus
familias a pasar protegidos por una tormenta, aunque no podemos evitar
que ésta llegue a sus vidas, somos un amortiguador, un espejo, un lugar
seguro para que puedan refugiarse con confianza en un equipo que se interesa
por ellos genuinamente. Trabajamos con nuestro lado intelectual y también
con el afectivo, emocional y racional nos esforzamos porque aquellas
cosas que causan terror sean menos atemorizantes y porque el final de la vida
sea un tiempo de reflexión paz y crecimiento personal.
Somos misioneros de la esperanza!

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