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sábado, 26 de abril de 2014

Cuidados Paliativos: Mi trabajo, mi pasión!

                                                            Eva Duarte,  abril 27 2014
Brindar Cuidados Paliativos es trabajar con la esencia misma de las personas, entrar por invitación a una parcela privada,  donde no muchas personas pueden penetrar, visualizamos a distancia el panorama, identificamos en qué nivel de caos puede encontrarse un ser  humano o una familia que comparte esta parte de su historia con nosotros, entramos, ordenamos la casa y abrimos las ventanas para  que entre la luz y alumbre los rincones del alma. 
El trabajo de un Paliativista   se resume en la capacidad de resolver situaciones críticas, de visualizar las fortalezas y ayudar a que salga  a flote la experiencia y el conocimiento que se hospeda en el interior de la persona, facilitar a que aflore  su modesta y sigilosa sabiduría, que su consejera en la clausura de su vida.         
Paliar y aliviar el sufrimiento exige  entender que somos personas,      no individuos y que cada persona diseña e inventa  su vida según sus expectativas y deseos, según su forma única de ver al futuro.  La vida es personal e intransferible, con su cara y con su espalda, cada quien puede inventársela  de nuevo cuando necesite y cambiar su proyecto de acuerdo a los previstos e imprevistos siendo realista; es decir con los pies en la tierra y la mirada puesta en el horizonte, hacia donde se dirige.  Nosotros estamos allí en el proceso de re-diseño… muchas veces de vidas interrumpidas por una enfermedad que trae consigo dolor y sufrimiento.  Al reenfocar la esperanza  y encontrar el sentido y la trascendencia, estas vidas  pueden ser una obra maestra, propia de cada persona que representará el legado de sus esfuerzos y de su amor por la vida.
Estamos comprometidos  con aprender constantemente y con mantener abierta la mente y el alma.   Sencillamente es vital que  para entrar en la vida de otros podamos reconocer que, tal  como nuestros pacientes, también nosotros peregrinamos en la vida vestidos con la  esperanza que puede empaparnos  el alma  y mantenerla fresca, inalterable y lista para cuando nos enfrentemos con el azar, el dolor, la fortuna, y la suerte. No escogemos la lluvia que nos  va a mojar hasta los huesos, pero aprendemos a cubrirnos, a  protegernos y agregamos formas nuevas de enfrentarnos a los baches del camino.  Debemos estar  conscientes de que todo lo aprendido va tejiendo nuestra historia, el activo y el pasivo de nuestras vivencias en el inventario de nuestra temporalidad. Es un aprendizaje de dos vías, somos médicos, estamos siempre aprendiendo, conectados en tercera dimensión, despiertos a  escuchar su historia y a intercambiar esperanza y sabiduría con personas valiosas y únicas a quienes acompañamos. 
Trabajamos con la capacidad de mantener la esperanza, aliviamos el dolor y los síntomas físicos lo cual hemos de hacer con excelencia ya que este es   requisito indispensable para centrarse en la parte más importante de nuestro trabajo, alumbrar el sendero del pasado o del futuro para encontrar los sabores de la vida; el conocimiento vivido que está dentro de cada persona.    A veces por un poco de tiempo debemos sostenerlas, ante  las experiencias que les   sobrepasan y apenas logran sobrevivir. El aprendizaje viene después, cuando el dolor se va y no se sienten solos,  es un privilegio acompañar a una persona a reconocer sus propias leyes, su propio universo interior, su realidad, sus conexiones y su sentido;  y a vivir su vida en primera persona.
Con frecuencia se asocian los Cuidados Paliativos con la muerte, pero no hay nada mas lejano; trabajamos  con la vida, entendiendo que somos historia en el momento de nacer. Como facilitadores, somos testigos de  que en situaciones que comprometen la vida, el ser humano  revisa  sus activos y reconoce que ha vivido,  descubre el  almacén de sus riquezas.  Sus experiencias organizadas en capas unas mas fuertes que otras, unas más coloridas, otras tenues y grises, le han dejado un catálogo de diferentes sabores a su existencia y un arsenal de herramientas para resolver situaciones difíciles que le permitieron vivir.
Les acompañamos hasta el final, y estamos con la familia cuando el paciente ha partido. Presenciamos que la vida auténtica no es una vida perfecta como una hoja sin tachones,  sino una colección de heridas, luchas y sin sabores y a veces de relaciones rotas que nacieron heridas y nunca pudieron madurar.  Nos quedamos a ver a la  verdadera persona, coherente y sin dobleces, deseosa de sacar lo mejor de si misma que  nos deja ver bondadosamente la trayectoria recorrida, los cambios y modificaciones que muchas veces requirieron de valor y gallardía y   nos  muestran el  retrato de una historia digna de ser conocida, una lección abierta forjada con fuego que    al final siempre es una suma.
A la complejidad del cuidado del paciente y la familia, se agregan los retos de trabajar en equipo, los resultados serán buenos en la medida en que asumamos la responsabilidad y el liderazgo con humildad pero con decisión, promoviendo el desarrollo personal de cada persona del equipo, tomando medidas preventivas para evitar el burn-out y en todo momento tener abierto el radar para intervenir situaciones conflictivas, limpiando la mesa constantemente para no acumular pendientes.
Ayudamos a nuestros pacientes y a sus familias a pasar protegidos por una  tormenta, aunque no podemos evitar que ésta  llegue a sus vidas, somos un amortiguador, un espejo, un lugar seguro para que puedan refugiarse con confianza en un equipo que se interesa por ellos genuinamente.  Trabajamos con nuestro lado intelectual y también con el afectivo, emocional y racional nos esforzamos porque  aquellas cosas que causan terror sean menos atemorizantes y porque el final de la vida sea un tiempo de reflexión paz y crecimiento personal.


Somos misioneros de la esperanza!


           

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